lunes, 15 de enero de 2018


“EL PUEBLO PROVENZAL CON 50 AÑOS DE LUJO Y NOCHES SIN FIN”

Mientras se estrenaba El violinista en el tejado, Jesucristo Superstar, El último tango en París, El discreto encanto de la burguesía, Fiebre del sábado noche y El diablo sobre ruedas, los actores de los 70 pasaban los días de verano alejados de los focos del plató dejándose deslumbrar por el azul turquesa del mar y el anonimato chic de las calas de un pueblecito de pescadores que una rubia explosiva puso de moda a finales de los años 50.


Saint-Tropez era una fiesta que prolongaba el hippismo y el amor libre de los 60, con nuevos acentos de rock integral, glam rock, e incluso punk. En su pintoresco puerto -rodeado de casas con fachadas de colores, el barrio típico de la Ponche y la plaza de Les Lices- atracaban en sus lujosos yates toda la gente guapa de entonces, que acudía, en trance, a la llamada del Byblos, el hotel más famoso y que más famosos ha alojado durante 50 años.

Creado a imagen y semejanza del puerto de Byblos en el Líbano, nació del amor. El de Jean-Prosper Gay-Para, un hostelero libanés multimillonario enamorado de Brigitte Bardot, que quería dedicarle un Taj Mahal en el Sur de Francia. Una bonita historia truncada por la Guerra de los Seis Días que, en 1967, obligó al enamorado a volver a Beirut y a vender su hotel a Sylvain Floirat, brillante hombre de negocios y bisabuelo de Antoine Chevanne, que asumiría la dirección del Grupo hotelero Floirat en 2006.


Afortunadamente, muchas otras historias de amor (algunas imposibles, como la de Mick Jagger y Bianca Pérez Moreno de Macias, quien después de su boda en el Byblos hizo de "mi matrimonio acabó el mismo día de mi boda" una de sus frases más célebres) han tenido cabida entre sus azulejos andaluces, sus balcones y escaleras de hierro forjado, sus cortinas de Madras con hilos de oro, sus fachadas de colores, su jardín de buganvillas, olivos, jazmín y palmeras, su piscina alrededor de una plaza central a la sombra de un olivo centenario importado del Líbano.

La larga lista de clientes famosos y las fiestas nocturnas que se celebran en el hotel Byblos le han elevado a la categoría de mito de la Côte d´Azur desde su inauguración, el 27 de mayo de 1967. Sus madrinas fueron Mireille Darc y Brigitte Bardot y, atraídas por estas relaciones públicas espontáneas, Françoise Sagan, Juliette Greco, Eddy Mitchell, Paco Rabanne, Michel Polnareff pisaron en algún momento esta meca del amor libre y del posterior pijerío turístico.

En los noventa, por las llamadas veladas blancas del productor discográfico Eddie Barclay -fiestas que obligaban a los asistentes a vestir de color blanco- pasaron Jack Nicholson, Barbra Streisand, Elton John y Rod Stewart.

Las top models Naomi Campbell, Kate Moss y Giselle Bündchen han disfrutado aquí de grandes recepciones nocturnas, igual que otros invitados de la casa como Paris Hilton, Penélope Cruz, Kylie Minogue, Boris Becker y David Beckham. Un ir y venir de estrellas rutilantes que veían cómo aquel pueblecito de pescadores alimentaba el mito con su estancia.


Este pueblo provenzal de casas estrechas, ascendido a la categoría de Palace en 2012, cuenta con una superficie de 17.000 metros cuadrados. Sus balcones y edificios a distintos niveles, diseñados por los arquitectos Christian Auvrignon, Philippe Monnin y Philippe Siccardon, celebran hoy sus bodas de oro con grandes alianzas que llevan la firma de Audemars Piguet, que ha lanzado dos ediciones limitadas de su Royal Oak Offshore dedicadas al hotel Byblos, de Missoni Home, Goyard, Dom Pérignon (con cinco ediciones limitadas de Matusalén, personificando cada uno una de las cinco décadas), Sisley y Roll Royce.

Pero qué hace que este lugar, que se puso de moda a finales de los 50, siga siendo visitado por las estrellas de Hollywood y los aspirantes a formar parte dejet internacional. Para algunos, será el hecho de encontrar un lugar tan lujoso como cómodo, donde la exigencia y la excelencia son objeto de culto, en donde todo es discreción, calma y voluptuosidad.

Para otros, será por el placer nostálgico de reproducir el ritual nocturno que se viene repitiendo desde hace décadas. Tras un día de compras, paseos por el barrio de la Ponche, tapeo en el Café de Pariso del relax en alguna de las calas de color turquesa y esperar la puesta de sol en el Club 55 -un chiringuito de playa exclusivo que empezó siendo la caravana para el catering durante el rodaje de Y Dios creó a la mujer, dirigida por Roger Vadim, el entonces marido de una jovencísima Brigitte Bardot-, los noctámbulos se enfrentan a la difícil tarea de elegir entre el templo de la noche de Les Caves du Roy, la discoteca del hotel Byblos, o el night club VIP Room, también frecuentada por celebrities, cantantes y actores súper VIP.


Pero hasta los inmortales tienen necesidades básicas como la de comer, e incluso cenar; aunque en este contexto, básico no sería el adjetivo más apropiado… En 2002 se inauguró el Spoon, el restaurante de Alain Ducasse que once años después se convertiría en el Rivea, una mesa gastronómica de productos de la Riviera orquestada por Alain Ducasse y su discípulo el Chef Vincent Mallard, con creaciones que van desde pequeñas pizzas, risotto, verduras, pan tumaca, riquísimos pescados, con una dorada marinada y berenjenas al aceite de oliva como plato de autor, y carnes.

Junto a la piscina, y a la sombra de los limoneros, el restaurante B ofrece, además de desayunos, cócteles, almuerzos y aperitivos, un original concepto, Byni’z, que ameniza las cenas: un vals de pequeños platos y picoteo inspirado en los mezze, antipasti, tapas y otros finger food de lujo.

Y es que la perfecta combinación de lujo y privacidad lo convierten en un imán para grandes viajeros, curiosos y gente que está dispuesta a vivir una experiencia que va más allá del dinero y los conceptos clásicos de elegancia.

Sus 91 habitaciones están decoradas personalmente por Mireille Chevanne, con el más exquisito gusto y los materiales más lujosos. La más pequeña de sus habitaciones ofrece más de 30 metros cuadrados, mientras que el estándar mínimo requerido para una calificación de 5 estrellas es de 18. Las suites disponen de terraza o están distribuidas en dúplex y van de los 60 a los 180 metros cuadrados. Lo más parecido a sentirse realmente en casa.

Aún queda otro placer por descubrir. El spa Byblos by Sisley fue el primero que la firma de cosmética de alta gama abrió en el mundo en 2007. Desde entonces, este santuario del cuidado personal ha mimado a sus huéspedes a lo largo y ancho de cinco cabinas, un hamman, un patio y un salón libanés, reconstruido pieza por pieza, todas traídas desde el Líbano.

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