lunes, 27 de noviembre de 2017


“EN RUTA POR EL LUBERON, EL CORAZON DE LA PROVENZA”

Situada al norte de esta región icónica, el Luberon es una cadena montañosa sobre la que se dibuja un rosario de pequeños pueblos de vistas impresionantes.

La ruta arranca al norte, en Venasque. Desde la lejanía se hace muy presente el pueblo, en lo alto de un risco que domina una llanura salpicada de viñedos y árboles frutales. Ya se advierte su majestuosidad. Esta pequeña aldea transmite su encanto nada más pisarlo. No tan visitada como otras localidades del Luberon, la tranquilidad de sus calles es muy perceptible.


Se aparca en la parte alta del pueblo, cerca de la iglesia. En la plaza contigua, se puede disfrutar de la vista. Al fondo, el monte más alto de la Provenza, el mítico Mont Ventoux. Después hay que dejarse caer por la calle principal que, cuesta abajo, va hacia la plaza central del pueblo.

Allí se arremolinan lugareños y visitantes. La mejor opción en Venasque es caer rendido ante el encanto de sus casas pintadas en colores pastel, con sus contraventanas de madera en azul cielo y la hiedra dando lustre a las fachadas.

La siguiente parada lleva a Notre-Dame de Sénanque. Perdida en una hondonada, entre los montes del Luberon, esta abadía cisterciense transmite una tranquilidad especial. Hay que llegar andando hasta ella, tras pasar los campos de lavanda que la protegen (en flor entre julio y agosto).


Reina un silencio en esta esquina de Francia sólo roto por los turistas. Hasta aquí se acercan en buen número para visitar este ejemplo del arte cisterciense primitivo fechado en el siglo XII.

Todos los ingredientes para encontrar la paz se dan cita en Notre-Dame de Sénanque. Pero si quieres encontrarla de verdad, ve al atardecer. Los franceses cenan pronto, hacia las 7 u ocho de la tarde y eso, sin duda, es una ventaja para nosotros…


DE CAMINO HACIA LA PINTORESCA GORDES

El camino prosigue hacia Gordes. Una de las estrellas de la Provenza. Elegante y estratégicamente situado sobre una de las colinas del Luberon luce con orgullo su fama de pintoresco. Callejuelas serpenteantes, con cuestas que acaban en espectaculares miradores le dan brillo. Para aparcar en Gordes lo más adecuado es hacerlo en uno de los párquines habilitados a la entrada y la salida del pueblo (la carretera cruza la localidad).

Además de caminar el pueblo, dejarte seducir por alguna de sus encantadoras tiendas de productos locales o visitar su castillo, hay una vista que no puedes perderte. Es la que se puede disfrutar al lado de la carretera, nada más dejar atrás el pueblo, en dirección a Cavaillon.

Desde aquí es posible observar la magnificencia de un paisaje en el que la piedra y el verde de la colina se dan la mano de una forma tan perfecta que conmueve. Gordes es una buena muestra de la estética más que cuidada de estos pueblecitos del Luberon. Localidades que compiten entre sí un año tras otro por ser la más bella de Francia. Y lo exhiben orgullosos en carteles a la entrada.


En esta búsqueda de la belleza rural provenzal, la siguiente parada es Ménerbes. Como sus vecinas, también compite por ser la más guapa de Francia. Y se muestra seductora dominando la llanura. A sus pies, vides centenarias le rinden pleitesía. Una composición que no por repetida cansa.

LACOSTE: DEL MARQUÉS DE SADE A PIERRE CARDIN

Tras Ménerbes, llega Lacoste. En este pequeño pueblo está el castillo del marqués de Sade. En 1771, el marqués huyó de París para escapar de los escándalos creados por un pensamiento demasiado liberal para la época.

Llegó a Lacoste y buscó refugio en el castillo que pertenecía a su abuelo. Esta enorme construcción está fechada en el siglo XI y hoy está, en parte, en ruinas. Su propietario actual es el diseñador Pierre Cardin, que lo adquirió en 2001.


Además, se hizo con una veintena de viviendas en la localidad. De hecho, hay quien lo acusa de estar creando “un pueblo para ricos”. Más allá de la polémica, lo que es indudable es que Cardin ha dinamizado esta pequeña localidad provenzal. Al calor de Cardin han acudido jóvenes bohemios de toda Europa a los que es posible ver en los talleres de la calle principal de Lacoste, que se tiende por la ladera a los pies del castillo.

Desde Lacoste puede verse a lo lejos a otra de las localidades que es emblema de estas montañas del Luberon. Se trata de Bonnieux. Con sus empinadas calles, muy adecuadas para hacer ejercicio, esta localidad francesa es un buen punto en el que alojarse o comer. Está presidida por la iglesia, situada en un promontorio a 425 metros de altitud. Para llegar hasta arriba hay que hacer un esfuerzo y subir más de 80 escalones. Pero, sin duda, merece la pena.


A sus pies vuelve a tenderse plácida la Provenza. Los riscos del Luberon y sus fértiles valles trufados de viñedos y frutales. Una esquina de Francia en la que respirar paz y tranquilidad. Esa que tantas veces echamos en falta.

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